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EDUCACIÓN Y PANDEMIA

ORDENADOR POLITICO 15 junio de 2020

*Educación y Pandemia: un enfoque

*Interesante libro publica la UNAM

*Sobre los pormenores de la pandemia

*Que ha puesto en jaque a la humanidad

Luis Alberto Rodríguez

Si de alguna manera hemos intentado aprovechar estos días de aciago y obligado confinamiento,  ha sido en tratar de poner en orden nuestro siempre revuelto escritorio y darnos tiempo para algunas lecturas edificantes y en especial en torno a la pandemia que nos atosiga,

En ese ejercicio, fue afortunado encontrarnos en línea con uno de los últimos libros publicados este mismo año, en acceso abierto, por la Universidad Autónoma de México, como es el titulado EDUCACIÓN Y PANDEMIA Una Visión Académica (iisue (2020), Educación y pandemia. Una visión académica, México, unam, http://www.iisue.unam.mx/nosotros/covid/educacion-y-pandemia), que es un esfuerzo colectivo del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, con la coordinación general de HUGO CASANOVA CARDIEL, quien en la presentación del texto advierte que “La repentina aparición en China de la covid-19, en diciembre de 2019, y su ulterior expansión por todo el mundo durante los meses siguientes, ha representado, por su gravedad y alcance, un reto global sin precedentes.

Si bien todos los ámbitos de la vida social e individual padecieron los efectos de la emergencia sanitaria, el campo educativo resultó severamente trastocado pues, aunque diversos fenómenos —de orden natural o social— habían implicado cierres e interrupciones en los sistemas educativos nacionales y locales, en ningún otro momento de la historia se habían visto suspendidas las actividades de más de 1,215 millones de estudiantes, de todos los niveles educativos, en el planeta entero”.

Con esa temática, el libro ofrece la visión de un importante número de especialistas y académicos en una serie de interesantísimos ensayos en rubros tan significativos como “Educación, Escuela y Continuidad Pedagógica”, “Educación Superior”,  “Educación y Cultura” y otros, aunque de ellos, el relativo a “La Educación Hacia el Futuro” atrajo nuestra atención, en especial el  ensayo –por cierto el último de la serie- titulado “Contender con situaciones calamitosas: políticas y acciones ciudadanas” de la académica JUDITH PÉREZ CASTRO, que inicia con el análisis de “La compleja relación entre amenazas, riesgos y desastres”, en términos de que “La pandemia por coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave (sars-cov-2), también conocido como covid-19, nos ha enfrentado una vez más con el tema de la fragilidad humana, la rapidez con la que ciertos fenómenos pueden salirse de control y la limitada capacidad de respuesta que a veces tenemos frente a ellos.

Esto no es nuevo –abunda-, de hecho, el siglo xx fue bastante catastrófico. De acuerdo con la Base de Datos Internacional sobre Desastres, de la Universidad Católica de Lovaina, entre 1950 y 1999 se registraron poco más de 10,000 desastres en todo el mundo entre ciclones, inundaciones, incendios, temblores, actividad volcánica, temperaturas extremas, plagas, hambrunas, epidemias, accidentes industriales y accidentes de transporte (cred, 2020). Esto sin contar las guerras y las actividades terroristas.

En este siglo, la tendencia va en aumento: entre 2000 y 2009, se contabilizaron 3,852 eventos sólo en la categoría de desastres naturales.

La advertencia siempre es la misma. Por una parte, que debemos estar preparados para hacer frente a este tipo de situaciones y, por otra, que necesitamos disminuir los factores de riesgo. Sin embargo, ésta no es una tarea fácil, en primer lugar, porque un desastre o evento calamitoso es la interrupción grave del funcionamiento cotidiano de una comunidad o sociedad, que supera su capacidad para enfrentar la situación con sus propios recursos y genera enormes pérdidas en el ámbito económico, material, ambiental y humano (unisdr, 2009). Es decir, no se trata de un incidente o crisis cualquiera, sino de un suceso que rebasa los activos y las estrategias institucionales e individuales, lo que disminuye las posibilidades de respuesta”.

En torno a “La configuración de la COVID-19 como un evento calamitoso”, la especialista apunta que cuando empezaron a registrarse los primeros casos con esta neumonía “atípica”, en diciembre de 2019, pocos se percataron de la presencia de una nueva amenaza, un virus que se comportaba como el SARS o el MERS, pero con una tasa de contagio más alta.

La respuesta de las instituciones para asumir el riesgo fue reservada; el gobierno de China notificó a la OMS del surgimiento de este brote hasta fines de diciembre, cuando se calculaba que ya había poco más de 260 personas infectadas, y hasta el 23 de enero de 2020 el Comité de la OMS logró reunirse para valorar si se trataba de una emergencia de salud pública de alcance internacional.

Las respuestas de los países fueron diversas, pero, en general, se ha señalado que no fueron las más adecuadas. Así, la pandemia ha representado pérdidas para todos, pero las consecuencias son mayores para los más vulnerables.

Paralelamente, las personas han hecho sus propias elaboraciones con respecto al riesgo. De este modo, sin importar el nivel socioeconómico o educativo, vemos que hay quienes aún dudan de la existencia del virus; otros que desafían las medidas de distanciamiento social porque las consideran demasiado severas o poco efectivas; también están los que se resisten porque, aunque se percatan del peligro, no tienen más alternativa que salir a trabajar, y por supuesto, están aquellos que han tratado de seguir de la mejor manera posible todas las recomendaciones.

En suma, a lo largo de este proceso han intervenido múltiples factores, en el ámbito de las instancias internacionales, de los gobiernos nacionales, de las instituciones públicas y de los individuos, a partir de los cuales la amenaza de este nuevo virus ha ido tomando los rasgos propios de un desastre.

Conforme avanza la pandemia, han surgido diversas voces en los gobiernos, la academia y los medios de comunicación advirtiendo que “la vida no será la misma después de esto”, que “las formas de relación entre las personas y con el mundo cambiarán significativamente”, y que “el escenario que nos espera es bastante incierto”.

Si bien está más o menos claro que las pérdidas serán cuantiosas, tanto para los individuos como para los países, lo cierto es que cada vez que ocurre un desastre pareciera que no estamos lo sufícientemente preparados.

En el ámbito gubernamental, es urgente incorporar el enfoque de la reducción de riesgo de desastre en los planes, políticas y programas institucionales, en donde se consideren las medidas a implementar antes, durante y después del evento calamitoso, así como la cadena de mando para realizarla y trazar un plan que permita brindar a las autoridades locales los medios, los recursos y la información para realizar acciones en este mismo sentido.

Especialmente, en los países con economías emergentes y de bajos ingresos, es necesario pensar en políticas integrales y de largo alcance, ya que gran parte de su población carece de recursos, lo que incrementa sus pérdidas, disminuye sus posibilidades de salir del círculo de la vulnerabilidad y termina por acentuar las desigualdades sociales, advierte la especialista. Ojo.

 

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