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NO AL ENFRENTAMIENTO HOMBRES-MUJERES

ORDENADOR POLITICO 090320

*No al enfrentamiento hombres-mujeres
*En que podría derivarse lucha femenina
*Si no busca una mayor integración social
*Contra fuerzas negativas y delincuencia

Luis Alberto Rodríguez

Nadie podría restar legitimidad a la lucha de las mujeres por consolidar en los hechos la igualdad que en la Constitución Política mexicana se garantiza jurídicamente, aunque no en términos de las costumbres y la cultura “machista” impuesta en las sociedades desde tiempos inmemoriales, desde las mismas cavernas inclusive, pero sobre todo por el sistema capitalista mundial que ha impuesto los roles del trabajo y la producción, pero también de la política, a los cuales se han venido integrando las féminas paulatina y persistentemente, ganando espacios cada vez más amplios, como ahora.

Mas la lucha de las mujeres, con toda su legitimidad, no debe ser factor para polarizar a nuestra sociedad -de por sí ya dividida entre ricos y pobres o entre liberales y conservadores u otros contrarios-, ahora más tajantemente entre hombres y mujeres; polarización que llevara a indeseables enfrentamientos o adopción de pautas ideológicas o políticas, que hicieran más difícil la necesaria reconstrucción del tejido social de por sí fragmentado.

Los innumerables hechos de violencia y acoso contra las mujeres, que han llegado a los extremos de feminicidios que ciertamente han conmocionado a la sociedad, no deben sin embargo generalizarse en términos de que son “los hombres” los que exclusivamente los cometen -como también pudiera ser el caso de los homicidios que en mayor número que contra mujeres estadísticamente se registran-, sino atribuirlos al entorno de inseguridad y crecimiento de la criminalidad y la delincuencia que por desgracia se registra en México desde hace ya varios lustros.

Si la actual lucha de las mujeres, no sólo para hacer visibles sus necesarias reivindicaciones, sino más ampliamente para introducir mejoras significativas en las relaciones de la sociedad se mantiene, caben esperarse cambios importantes no sólo en las leyes que las regulan, sino en las formas de organización familiares y en un proceso, necesariamente largo y complejo, de reeducación del trato entre parejas y entre padres e hijos, que anulen esas relaciones “machistas” que ahora se condenan.

El fenómeno de la violencia intrafamiliar no es sólo producto de la presencia masculina, sino también de las mujeres, especialmente para con sus hijos o inclusive con los varones, que muchas veces provoca la reacción violenta de éstos y sus estragos siempre negativos.

Se trata de una reeducación de la sociedad toda que disminuya dicha violencia y que establezca parámetros de convivencia y respeto en las familias y en el conjunto social.

Una reeducación que involucre no solamente a las familias sino más ampliamente a los factores todos de la producción y el trabajo: no más salarios diferenciados entre hombres y mujeres por el mismo tipo de trabajo; no más discriminación por el género o condicionamiento de los empleadores a la concesión por parte de las mujeres de ciertos “favores” sexuales que las hagan dependientes o disminuidas.

Mas ese proceso no podría nunca completarse con enfrentamientos verbales o ideológicos entre hombres y mujeres que resulten estériles frente a una realidad que siempre les supere y rebase.

De ahí que las protestas femeninas no deben circunscribirse a manifestaciones o marchas masivas, ni a convocatorias de ausencias programadas como la que este lunes habrá de escenificarse, sino ir adelante en las reivindicaciones que no sólo las involucran a ellas, sino a todos los hombres también, así como a niñas, niños y adolescentes.

Las protestas deben derivar en el desarrollo de una nueva conciencia social más incluyente y comprensiva en la que todos los actores y factores sociales intervengamos: especialmente gobiernos, legisladores y partidos políticos -y desde luego los medios de comunicación y las organizaciones- no sólo para condenar las agresiones y delitos sexuales o de género, sino para avanzar en el diseño de nuevas formas de educación, formal y familiar, que conduzcan a ese cambio sustantivo, sin caer en formas de polarización como las que pretenden enfrentar a hombres y mujeres.

Cabe esperarse que una masiva participación de las mujeres en la convocatoria para ausentarse de trabajos y actividades normales este lunes no sea sino el principio de una nueva dimensión de las luchas por su emancipación y el hito histórico esperado hacia un verdadero cambio social, que vaya más allá de una pretendida Cuarta Transformación que no acaba por llegar o por lo menos definirse claramente y que trascienda los planteamientos u ocurrencias de un gobierno federal que centra sus determinaciones en la figura de un solo hombre, que si bien podría asumirse como representante de todos los mexicanos, no deja de introducir en su discursos pautas de separación y hasta condena con respecto de personajes o instituciones, públicas o privadas que atrevan a disentir de sus dichos.

Como expresiones autónomas, las luchas de las mujeres bien pueden significar y dar inicio a una nueva dimensión, propiamente política, del actuar de la sociedad y sus organizaciones, no solamente frente a condiciones negativas o inapropiadas -como el llamado “machismo”-, o las acciones y decisiones de los gobiernos que se mostraran ineficientes o erróneas, sino más ampliamente en la lucha más urgente, que debemos asumir tanto hombres como mujeres, para adoptar formas y protocolos de acción permanente contra factores negativos como los que asume la delincuencia, organizada o no, ante la insuficiente efectividad que las fuerzas de seguridad han mostrado. Por ejemplo.

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